"...Hoy en día el escritor que quiera combatir la mentira y la ignorancia y quiere decir la verdad debe luchar al menos con cinco dificultades. Precisa coraje para decir la verdad que en todas partes está sofocada. Inteligencia para reconocerla dado que en todas partes está escondida. El arte de tornarla manejable como un arma. Suficiente criterio para elegir a aquellos en cuyas manos será eficaz. Y finalmente suficiente astucia para difundirla entre ellos..." Bertolt Brech

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Últimas Notas

21 nov. 2012

La mente de un colono europeo

El historiador israelí Benny Morris ha cruzado una nueva y vergonzosa línea al poner su reputación y respetabilidad académicas al servicio de la justificación "moral" de un futuro genocidio de los palestinos.
Benny Morris es el historiador israelí más comprometido con la reivindicación del punto de vista palestino de lo sucedido en 1948 y con las vidas de unos 700.000 palestinos, destrozadas cuando las milicias judías (y más tarde el ejército israelí) los expulsaron de sus casas entre 1947 y principios de 1950. Morris ha investigado los archivos israelíes y ha escrito el relato detallado de esa expulsión; ha documentado cada una de las "limpiezas étnicas" realizadas en los pueblos y cada acto de violencia archivado, y los ha situado en el contexto de los objetivos militares y percepciones de los "limpiadores".

Los apologistas de Israel han intentado sin éxito atacar la credibilidad profesional de Morris. En dirección contraria, desde que mantiene que la expulsión no fue diseñada, ha sido acusado de extraer conclusiones estrechas de mira de los documentos y de ser demasiado ingenuo como lector de declaraciones engañosas. A pesar de sus limitaciones, el libro de Morris "The Birth of the Palestinian Refugees Problem, 1947- 1949" (Los orígenes del problema de los refugiados palestinos, 1947-1949) es una acreditada historia sobre la expulsión.

Antes de la publicación de la edición revisada, Morris ha sido entrevistado en Haaretz. Los principales y nuevos hallazgos de la edición revisada oscurecen más el cuadro.

Morris revela que los nuevos materiales de archivo registran rutinarias ejecuciones de civiles, treinta y cuatro masacres-entre las que incluye una en Jaffa- y al menos doce casos de violaciones perpetradas por unidades militares, que Morris reconoce que constituyen probablemente "la punta del iceberg". Afirma también que ha encontrado documentos que confirman las conclusiones que en general son las favoritas de sus críticos: la expulsión fue premeditada y que se dieron por escrito órdenes concretas de expulsión, algunas directamente atribuibles a Ben Gurión.

Morris ha encontrado, asimismo, documentación sobre las llamamientos del Alto Mando Árabe para la evacuación de mujeres y niños de algunos pueblos, evidencia que- afirma de manera sorprendente- refuerza la propaganda sionista que asegura que los palestinos se fueron porque los estados árabes invasores les pidieron que lo hicieran. Morris ya había documentado en la primera edición del libro dos docenas de estos casos. Resulta difícil comprender en qué medida los intentos de los mandos militares árabes para proteger a los civiles de previsibles violaciones y asesinatos pueden reforzar el cuento de hadas sionista. Pero aquella fracasada tentativa, objetivamente, es el menor de los problemas de Morris. Según avanza la entrevista, asoma con creciente claridad que, mientras el historiador Morris actúa como un profesional y prudente presentador de los hechos, el intelectual 

Morris es una persona que está muy enferma.

Su enfermedad es de tipo político-mental. Vive en un mundo habitado no por seres humanos próximos sino por abstracciones racistas y por estereotipos. En la entrevista se produce una sobreabundancia de imágenes casi poéticas, como si la mente estuviera atormentada por la tarea que le aflige: "Los ciudadanos palestinos de Israel son bombas de relojería", no ciudadanos corrientes. El Islam es "un mundo en el que la vida humana no tiene el mismo valor que en Occidente". "Los árabes son "bárbaros" a las puertas del Imperio Romano. La sociedad palestina es "una asesina en serie" que debería ser ejecutada, y "una bestia salvaje a la que se tendría que enjaular".

La enfermedad de Morris fue diagnosticada hace cuarenta años por Frantz Fanon, quien se basaba en su experiencia en el África sometida, Fanon comentó que "la palabra colonial es un término maniqueo: no resulta suficiente para el colono para establecer límites físicos- es decir- al lugar en que se debe situar los nativos, con la ayuda del ejército y la policía. Para demostrar el carácter totalitario de la explotación colonialista, el colono describe al nativo como la quintaesencia de la maldad...el nativo es insensible a la ética, enemigo de los valores morales...Es un elemento corrosivo que destruye cuanto se halla en su proximidad...el inconsciente e irrecuperable instrumento de unas fuerzas ciegas" ( del libro"The Wretched of the Earth" (Los miserables de este mundo). Y va más allá, "los términos que utiliza el colono cuando se refiere a los nativos son términos zoológicos" (no olvidemos citar las metáforas de Morris en el contexto de muchas otras apelaciones israelíes: Begin los denominó "bestias de dos patas", Eitan, "cucarachas drogadas" y Barak les dedicó el delicadísimo término de "salmón". Morris es un caso típico en la psicopatología del colonialismo .

Genocidio bueno y genocidio malo

Cuando el colono se encuentra con nativos que se niegan a bajar los ojos, su enfermedad se agrava y pasa a un grado superior: la sociopatía homicida.

Morris, que conoce el grado exacto del terror desencadenado contra los palestinos en 1948, lo considera justificado. En primer término, sugiere que estuvo justificado porque la alternativa hubiera sido un genocidio de los judíos a manos de los palestinos. El cultivo de la idea de genocidio en aquel contexto es pura y barata histeria. Por ello, Morris busca enseguida una explicación más plausible: la expulsión fue una condición previa para la creación de un estado judío, es decir, no la autodefensa sino el establecimiento de una preferencia política específica.

Esta justificación política, concretamente, que la expulsión fue necesaria para crear unas condiciones demográficas, para conseguir una amplia mayoría judía, favorecida por los líderes sionistas, es compartido por los historiadores. Pero como medida de defensa es insatisfactoria. Por ello, la idea de que los judíos estaban en peligro de sufrir genocidio se repite más tarde, de forma más honesta, como otra mera generalización racista y carente de fundamento.

Pero Morris no ve nada malo en ello. Acusando a Ben Gurión de haber fallado en terminar el "Arabenrein Palestine" (La limpieza de los Árabes), recomienda una limpieza étnica de los palestinos, incluyendo a los que son ciudadanos de Israel. No ahora, sino pronto "en cinco o diez años", en "situaciones apocalípticas": una guerra regional con armas no convencionales, una potencial guerra nuclear, que "es probable que ocurra en treinta años". Para Morris- y resulta difícil exagerar su demencia en este punto- la probabilidad de una guerra nuclear en un futuro previsible no es el lamentable final de una mejor solución que no se ha adoptado, sino meramente un hito, cuyas consecuencias son imaginables; imaginables como la banal continuidad de la centenaria política sionista: Morris prevé el intercambio de misiles no convencionales entre Israel y otros estados de la zona que no identifica, como la excusa legítima "para terminar el trabajo" de 1948.

Morris habla explícitamente de otra expulsión pero, al tratar de encontrar una apología moral para las pasadas y futura expulsiones de los palestinos, presenta un argumento de carácter más general, que justifique no sólo la expulsión sino incluso el genocidio. Esa afirmación debería ser subrayada porque se trata de cruzar una terrible y vergonzosa línea.

Morris, un respetable académico israelí- judío -, está fuera de lugar en un diario respetable, Haaretz, al justificar el genocidio como un medio legítimo del arte de gobernar. Debería resultar escandaloso, pero cualquiera que tenga contactos con los sionistas estadounidenses e israelíes conoce que Morris dice en la entrevista lo que muchos piensan, e incluso dicen de forma no oficial. Morris, como la mayoría de Israel, vive en un asilamiento temporal, unas islas Galápagos intelectuales; un Parque Jurásico político, donde extraños compañeros de ideas, que en otras partes se han extinguido, todavía vagan orgullosamente con anteojeras mentales.
Ni tampoco puede uno pensar en el deslizamiento entre expulsión, "transferencia", y genocidio sin hacerlo en las consecuencias prácticas, porque no resulta difícil imaginar que una expulsión programada se convierta en genocidio en circunstancias agobiantes: los genocidios que sufrieron judíos y armenios europeos comenzaron con una expulsión. La expulsión de los palestinos en 1948 fue el producto de décadas de pensar e imaginar "transferencias". Tenemos que advertir: con las declaraciones de Morris, el pensamiento sionista ha cruzado otro umbral; lo que ahora se debate tiene el potencial para ser llevado a cabo si se produjeran "circunstancias apocalípticas".

La marcha de la civilización y los cadáveres de los incivilizados

Resulta instructivo analizar con detenimiento la forma en que Morris recurre al pensamiento racista para justificar el genocidio. La entrevista con Morris, precisamente por su desvergüenza, es un muy buen texto de introducción al pensamiento sionista.

El racismo de Morris no se limita a los árabes. El genocidio, según Morris, se justifica en la medida en que tenga un "buen final". Pero ¿Qué clase de bien justifica "el exterminio forzado" de un pueblo entero? Está claro que el bienestar de este último, no (Morris usa la palabra "Haqkhada" en la versión hebrea de la entrevista, un término que se asocia habitualmente con la extinción de especies animales. Alguien debería informar a Morris sobre el hecho de que los indios americanos no se han extinguido.

De acuerdo con Morris, el establecimiento de una sociedad más avanzada justifica el genocidio: "Sí, incluso la gran democracia estadounidense no hubiera sido posible sin la extinción forzada de los nativos. Hay momentos en los que el bien general, el bienestar final, justifican actos terribles y crueles". Tan esperanzadora comparación entre el futuro que espera a los palestinos y el destino de los indios americanos es común en los apologistas israelíes. Una delegación de estudiantes estadounidenses se sintió conmocionada e indignada al escuchar a un portavoz de la Embajada de Israel en Washington recurrir a esa analogía.

La defensa de la supremacía de la "civilización occidental" que Morris expone- una civilización que valora más la vida humana que el Islam-, se basa en la aceptación moral del genocidio en aras del "progreso". Morris establece la superioridad de Occidente, por una parte, en el respeto universal de la vida humana y por otra, en la buena disposición para exterminar a las razas inferiores. La falta de lógica de la convivencia del derecho al genocidio con un alto nivel de respeto a la vida humana se le escapa, y nos desconcierta, al menos hasta que comprendemos que el sentido completo del concepto "humano" queda restringido- a la manera clásica del racismo eurocéntrico-, a los habitantes de las naciones civilizadas (es decir, las occidentales).

Se trata de la misma lógica que permitió a los primeros sionistas describir Palestina como una región vacía, a pesar de la presencia de un millón de habitantes y que, al final, llega a la siguiente conclusión: matar árabes- una docena de árabes o un millón, la diferencia es sólo técnica-resulta aceptable si resulta necesaria para la defensa de las preferencias políticas de los judíos, habida cuenta de que los judíos pertenecen al occidente superior y los árabes son inferiores. Debemos estar agradecidos al profesor Morris por clarificar así de bien el núcleo lógico del sionismo.

El color de los judíos

Morris nos asegura que sus valores son los del civilizado occidente, los de la moralidad universal, el progreso, etc. Pero además proclama que sostiene la supremacía de las lealtades personales, una postura que se apoya en Albert Camus. Pero para hacer compatibles las dobles lealtades de Morris al universalismo de occidente y el particularismo judío, uno tiene que olvidar que esas dos identidades no siempre estuvieron en las mejores relaciones.

¿Cómo se puede explicar que Morris conozca que el darwinismo ético que ha sido utilizado para justificar el asesinato de millones de no-blancos, incluidos los esclavos negros de África, indios americanos, árabes, y otros, y que ha servido también para justificar los intentos de exterminar a los judíos? ¿Cómo puede Morris aprobar la justificación "civilizadora" del genocidio- que incluye el de los judíos-, incluso cuando alega que el holocausto es otra justificación para el sionismo? Quizás su mente inconexa le impide ver la relación. A lo mejor, cree que existen "buenas" y "malas" afirmaciones de la supremacía racista. O puede que Morris muestre otra faceta de las psicopatologías de la opresión: la identificación de la víctima con el opresor.

Quizás en la mente de Morris, mitad tribalista y mitad universalista, los judíos fueron asesinados para abrir camino a una superior y más pura civilización europea Aria, y los judíos que sirven en el ejército israelí, pertenecen y no pertenecen al mismo grupo. Forman parte de él cuando Morris recurre a los totems de la tribu para justificar la lealtad, pero cuando su atención se vuelve hacia el principio universal de la "civilización superior" desaparecen- de la misma manera que se hace con los parientes pobres con los que no se quiere que le relacionen a uno-, y se los envía al limbo que comparten con la gran mayoría de las masas no blancas deshumanizadas. En contraste, los judíos de Israel, que se auto identifican como europeos, se han vuelto blancos, lavados en seco, decolorados por el sionismo, y con su blancura proclaman los privilegios que siempre han tenido los blancos, el privilegio de masacrar a gentes de razas "menos avanzadas".
Testimonios falsos

Hubiera sido maravilloso si Morris, el historiador, hubiera podido preservar su imparcialidad objetiva mientras baila con los demonios del racismo eurocéntrico, pero la barrera de la profesionalidad- que en el caso de Morris es impresionante y portentosa- no ha podido contra el torrente del odio.
Por ejemplo, Morris miente sobre su comprensión de la Cumbre de 2000 en Camp David. En Haaretz, afirma que: "cuando los palestinos rechazaron la propuesta de Barak de julio de 2000, y la de Clinton de diciembre del mismo año, comprendí que no estaban dispuestos a aceptar la solución de dos estados. Lo querían todo, Lidda, y Akka, y Jaffa".

Sin embargo en su libro "Righteous Victims" (Víctimas Justas), Morris explica el fracaso de las negociaciones así: "Los líderes de la OLP habían aceptado gradualmente, o lo parecía,... que Israel mantuviera el 78 % de la Palestina histórica, pero exigía el 22% restante...En Camp David, Barak aprobó la creación de un estado palestino... (en sólo) el 84-90 por ciento de ese 22 por cien inicial...Israel iba a controlar también el territorio de un Jerusalén muy ampliado y de Jericó, cortando eficazmente en dos el núcleo del futuro estado palestino..." El capítulo de "Righteous Victims" que ocupa 90 páginas deja mucho que desear, pero al menos se esfuerza en un análisis imparcial. Por contraste, en Haaretz Morris ofrece afirmaciones sin fundamento que sabe que son falsas.

Si Morris miente sobre la historia reciente, y llega a graves tergiversaciones sobre el peligro al que se enfrentaban los judíos en Palestina en 1948- un periodo en el que es un especialista-, su tratamiento de asuntos históricos generales no es sino ridículo, una pasmosa mezcla de insinuaciones y clichés. Otra muestra: Morris nos recuerda que "la nación árabe se apoderó de un enorme territorio del planeta no gracias a sus virtudes y habilidades intrínsecas sino mediante la conquista y el asesinato, y obligando a los conquistados a convertirse" ¿ Qué quiere decir Morris? ¿Acaso la limpieza de Palestina debe ser atribuida a las virtudes y habilidades judías en lugar de a la conquista y el asesinato?

Esto es difamación racista, no historia. Tomemos un ejemplo: España, que fue conquistada básicamente en una sóla batalla el año 711 d.C. por un grupo de beréberes norteafricanos que acababan de convertirse al Islam. España fue islamizada y arabizada por completo en dos siglos con escasa coacción religiosa y, por supuesto, sin limpieza étnica. Pero, una vez que los últimos gobernantes islámicos fueron echados a patadas de España en 1492 por el ejército cristiano de Fernando e Isabel, una gran parte de la población española que había adoptado el Islam siglos antes se negaron a convertirse al cristianismo a pesar de un siglo de persecución de la Inquisición española y 600.000 musulmanes españoles fueron expulsados finalmente en 1608.

Obviamente, la civilización islámica ha tenido su parte de guerra y violencia pero, como muestra el ejemplo anterior, comparada con occidente: con las frenéticas matanzas religiosas del siglo XVI europeo; con los genocidios en África y América, y para acabar, con las horrendas guerras del siglo XX, la civilización islámica resulta positivamente benigna. ¿Por qué, entonces todo este odio? ¿De dónde procede esta islamofobia de fuego y azufre?

Ser de otro sitio

Viene de Europa, por supuesto, pero con un giro. Europa siempre ha mirado a Oriente con condescendencia. En periodos de tensión, esa condescendencia se convertiría en miedo y odio, pero siempre mezclados y aliviados por una gran dosis de fascinación y curiosidad. El colono, sin embargo, no se permite el lujo de la curiosidad. El colono abandona la metrópolis con la esperanza de superar su propio estado de marginalidad- con frecuencia de opresión- al que se ha visto sometido la sociedad metropolitana. Va a la colonia impulsado por el deseo de recrear la metrópolis pero con él en la cima.

Para el colono, ir a la colonia no es un rechazo de la metrópolis sino un medio de afirmarse como miembro de la misma, de ahí que el colono siempre intenta ser más metropolitano que la propia metrópolis. Cuando la gente de la metrópolis se opone a los baños de sangre, el colono les acusa de "haberse vuelto blandos", y procede a autoproclamarse como "la verdadera metrópolis". También constituye la razón por la que existe un crimen que el colono nunca puede perdonar a la tierra que coloniza -su clima y geografía extraños, su recalcitrante alteridad, la rareza de sus habitantes, en resumen: la dura realidad de estar en otra parte. En la conciencia del colono, la condescendencia se transforma en odio.

La sociedad colonial de Israel, de forma especial su parte europea, los Ashkenazíes, particularmente los que los que se autodenominan "los partidarios de la paz", "la izquierda sionista", etc., predican el odio hacia todo lo oriental y hacia los árabes (Ahora, desde luego, existen los colonos religiosos posteriores a 1967 quienes recuerdan a la izquierda sionista la relación que mantienen con Europa, es decir, la de colonos). La palabra "árabe" se ha convertido en un insulto, que puede ser utilizado para cualquier cosa y por cualquiera, incluidos los judíos de ese origen. Este odio está generalizado y enlaza la última entrevista de Morris en Haaretz con la primera impresión sobre Jaffa en 1905 de Ben Gurión quien la encontró mugrienta y deprimente.

En otro artículo, publicado en Tikkun Magazine, Morris culpa al "ultra- nacionalismo, al provincialismo, al fundamentalismo y al oscurantismo" de los judíos árabes de Israel de la penosa situación del país (aunque Begin, Shmir, Rabin, Peres, Netanyahu, Barak, Sharon, y la mayoría de los generales israelíes, líderes, y formadores de opinión de las dos décadas últimas son judíos europeos). Para Morris, todo lo oriental es corrupto y toda corrupción es de origen oriental.

No obstante, no se debería dudar de Morris cuando se proclama como sionista de izquierdas tradicional. Mucho de lo que afirma no había sido dicho por David Ben Gurión y Moshe Dayan. El odio a Oriente y la decisión de someterlo por la fuerza sin límites constituye la esencia del sionismo.

Comprender los orígenes psicológico-políticos de este odio conduce a algunas observaciones interesantes acerca de los tópicos recurrentes en el discurso de Morris ( y de la mayoría de los israelíes). Morris culpa a Arafat por creer que Israel es un "estado de cruzados", un elemento extraño que, eventualmente, podría ser expulsado a su lugar de origen. Se trata de una muletilla generalizada en la propaganda israelí, aunque probablemente sea verdad. Pero no es culpa de Arafat el que Morris sea un extranjero en Oriente Próximo. ¿Por qué no habría de creer Arafat que Israel es un estado de cruzados si el mismo Morris lo afirma? "Nosotros somos la vulnerable avanzada de Europa en esta zona, exactamente como los cruzados".
Es Morris- como la gran mayoría de la elite israelí- quien insiste en ser extranjero, en odiar el Oriente Próximo y en soñar con una Europa cubierta de niebla, purificada y divinizada por la distancia. Si Israel es un estado de cruzados, y por tanto con raíces débiles, que se pueden extraer y desaparecer, no es responsabilidad de quienes lo observan sino de los israelíes como Morris, que quieren dominar Oriente Próximo parapetados con grandes muros y alambradas.
Morris es profundamente pesimista sobre el futuro de Israel; sentimiento que tiene mucho atractivo en el país. El final de Israel siempre se percibe como algo que está a punto de suceder, que se oculta debajo de cualquier cambio, desde el índice de natalidad de los beduinos al establecimiento del Tribunal Internacional de Justicia.
Naturalmente, cada exigencia palestina equivale a una amenaza apocalíptica (día del juicio final). El origen de esta sensación de precariedad existencial se remonta a 1948, y fue potenciado por los sucesivos gobiernos israelíes porque justificaba la continua violencia de Estado y la hegemonía del estamento militar. Puede, eventualmente, llegar a ser una profecía auto-realizable.

Pero esto miedo existencial va más profundo, está enraizado en el conocimiento reprimido ( que Morris al mismo tiempo articula y trata de desplazar) de la ilegitimidad inherente al sistema político e identidad de Israel. "Israel" es la fuerza bruta, en palabras de Morris "Lo fundamental es que la fuerza es lo único que los obligará a aceptarnos". Sin embargo, la fuerza bruta es algo precario: el tiempo la carcome; la fatiga la corroe, y cuanto más se emplea más destruye la verdadera aceptación y legitimad que busca.

Para Israel, la cuestión primordial para el futuro es, en consecuencia, si los israelíes son capaces de ir más allá del colonialismo. El pronóstico no es positivo. En un artículo afín publicado en The Guardian, Morris deja claro que la aceptación del derecho de los refugiados palestinos al retorno significaría el obligar a los judíos al exilio. Pero, ¿por qué los judíos de Israel habrían de abandonar el país si Israel llegara a constituirse como un estado bi-nacional y democrático? Uno no puede entenderlo sin tener en consideración el odio colonial hacia Oriente Próximo que Morris expresa de forma tan elocuente.

Pero tomándolo en consideración, temo que Morris está en lo cierto. Muchos judíos israelíes que disponen de pasaportes alternativos, preferirían emigrar en lugar de vivir en términos de igualdad con los palestinos nativos en un estado binacional. Para constatarlo hay que volver a Frantz Fanon "El colono, desde el momento en que desaparece la situación colonial no mantiene por mucho tiempo el interés en quedarse o en coexistir".

28 de enero de 2004
* Gabriel Ash nació en Rumania y creció en Israel. 
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La guerra psicologica permanente

Las características de la guerra actual, por el control de los mercados y de los recursos naturales no renovables del planeta que implica en todos los casos, el reordenamiento económico, político, social y cultural de grandes regiones del mundo mediante la absoluta supremacía tecnológica, es definida como "guerra de cuarta generación". Sin embargo y a pesar de los eufemismos, la guerra aún consiste en imponer la voluntad propia al adversario, por cualquier medio. El secreto fundamental de la guerra es el secreto, dice el clásico manual militar de operaciones, ¿entonces como operar en un universo en el que todos estamos siendo observados? En escenario en el que las corporaciones están en guerra contra cualquier forma de disidencia que no pueda ser usada en su beneficio, por vía directa o indirecta. En el que el control de los aparatos militares, de gobierno, de legislación y de justicia, responden directamente al control de estas corporaciones . Y en el que cualquiera por banalidad o indiscreción, es capaz de grabar o tomar imágenes o vídeo, de cualquier persona o acontecimiento. Mientras que tres o cuatro compañías controlan todo el tráfico informativo, nuestras preferencias y nuestras conductas son tipificadas y analizadas. Somos espiados todo el tiempo. En un mundo virtual en donde renunciamos a nuestra privacidad casi voluntariamente, alentados por las practicas socialmente instituidas. Por tanto la resistencia necesariamente debe ser global. La guerra actual es sobretodo tecnológica, de control, propaganda y desinformación masiva, es una Guerra Irregular, Asimétrica. Ésta es operada sobre nuestra voluntad mediante la propaganda sistemática y masiva, y repite como siempre lo ha hecho la propaganda de guerra, "tu eres débil", "tu no tienes posibilidades de ganar, ni siquiera tu propia salvación", "tú solo puedes claudicar antes o después", RÍNDETE .

"...En ésta clase de guerra, (<< psicológica permanente, irregular, asimétrica, de cuarta generación >>), no puedes -no debes- medir el éxito del esfuerzo a través del número de puentes destruidos, edificios tumbados, vehículos quemados, o bajo cualquier otro estándar que ha sido utilizado en la guerra regular tradicional. La tarea es destruir la eficacia y la efectividad de los esfuerzos del adversario y su capacidad de utilizar a la población para sus propios fines..."

Curtis E. Lemay

General Estadounidense

El problema del capitalismo serio es similar al de las hadas y los duendes, es decir: nadie ha conseguido pruebas de su existencia salvo en la mitología.